Confieso que una de las ideas que más me fascinó en mi
infancia fue la de una máquina que pudiera funcionar indefinidamente sin
requerir alimentarla con algún tipo de energía.
Cual tozudo alquimista,
cuando trabé conocimiento con las primeras nociones de física, mi mente se
resistía a la rotunda negativa de la ciencia ante la posibilidad de que un
mecanismo pudiera realizar esa tarea.